Mesa, antenas, apagón (el relato de la semana)

Una penumbra opresiva envolvía la habitación. Cuatro velas luchaban por alejar la negrura de los rincones, sin éxito. A pesar de que la joven traía en la bandeja una más, acompañando al pequeño bocadillo, no había mucha diferencia.  

Su abuelo trabajaba encorvado sobre una mesa repleta de herramientas oxidadas, trozos útiles de aparatos desechados, antenas y cables. Llevaba así varios días, aplicado con ahínco a su faena. Desde el apagón.  

Se escudaba en la excusa de la edad para comer apenas y dormir menos, pero a su nieta no podía engañarla. Sabía que lo hacía por ella. Antes del apagón siempre se quejaba de que estaba en los huesos y de que debía comer más, que los jóvenes necesitaban fuerzas para crecer. Pero ¿cómo iba a dejar que pasara hambre? Su abuelo era lo único real que le quedaba, su salvavidas. Si enfermara no sabría qué hacer, así que le obligaría a comer aquel bocadillo o le retiraría la palabra, por más que le doliera.  

—¿Cómo va, abuelo? —preguntó, dejando la bandeja con el tentempié y la vela en la mesa. 

—Habría acabado mucho antes si tuviéramos electricidad —respondió seco. Atrapó su mano y, con una sonrisa, la presionó en un gesto tranquilizador—. Pero la radio ya está a arreglada. Pronto sabremos qué ha ocurrido y si tus padres están bien.  

El momento que más temía estaba a punto de llegar y se mordió el labio. Prefería seguir en la ignorancia. Vivían apartados, en una casa a cinco minutos en coche de cualquier indicio de civilización. Sus padres se habían llevado el auto al pueblo más cercano justo antes del apagón, tres días atrás. Todavía no habían regresado, ni ellos, ni la electricidad.  

Aunque la luz había fallado con anterioridad, lo ocurrido en aquella ocasión no. Todos los aparatos dejaron de funcionar de repente, incluso los que contaban con la batería todavía cargada. Su abuelo se había tensado en cuanto se percató de ello. «Pulso electromagnético», murmuró, aunque ella era demasiado joven para entenderlo.  

Sin embargo, que sus padres no hubieran regresado era lo que más le preocupaba. Su abuelo trataba de tranquilizarla con la excusa de que, lo más probable, era que el coche hubiera dejado de funcionar también y estuvieran refugiados en el pueblo, pero a ella no se le escapaba el brillo de preocupación en su mirada.  

—Venga, ayúdame con esa batería —le dijo su abuelo, apartándola de sus nefastos pensamientos—. Dale a la manivela hasta que esa luz se ilumine en verde.  

Ella obedeció mientras su abuelo trataba de sintonizar las ondas de radio. Los medios retransmitirían e informarían a la población, seguro. 

Por unos minutos el ruido blanco fue el único sonido en la habitación. La preocupación surcó el arrugado rostro de su abuelo mientras pasaba dial tras dial sin recibir señal. Hasta que, al fin, tropezó con algo.  

Incluso a la débil luz de las velas, pudo ver la palidez en su rostro. Se volvió hacia ella con una mirada alarmante y apagó con un golpe seco la radio.  

Pero ya lo había oído…  

… y lo que fuera que retransmitía por las ondas, definitivamente, no era humano.  

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