Palabras: Marciano, maldito, disco

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El maldito disco marciano se me resistía. 

Para ser la mejor lingüista del mundo, mi trabajo no parecía estar a la altura. Me rasqué la cabeza. El picor a veces se volvía insoportable. Pedir a la NASA que invirtiera un poco más en champús para sus invitados sería demasiado. Llevaba semanas prácticamente encerrada en aquel despacho. Sus dimensiones eran generosas y no me faltaba de nada que pudiera necesitar para llevar a cabo mi trabajo, pero ¿cuánto hacía que no veía la luz del sol? Demasiado, a juzgar por el ceniciento tono de mi piel.  

Me sentí un poco idiota por considerar esas nimiedades. Frente a mí, en imágenes de una resolución extraordinaria repartidas en nueve pantallas, se hallaba el primer artefacto alienígena de la historia de la Tierra. El descubrimiento que podría cambiarlo todo.  

La Curiosity había dado con el disco de casualidad, al engancharse una de sus orugas en él. No había tardado demasiado en saltar el obstáculo y seguir con su ruta establecida. En aquel momento, un aburrido técnico del turno de noche reparó en las imágenes que había captado la lente del vehículo, pero si hubiera estado en el servicio o pendiente de otra cosa, habrían pasado desapercibidas.  

Tras aquel giro de la providencia, habían reprogramado la Curiosity para que regresara a aquel punto, apartara la arena acumulada en la mayoría de superficie y fotografiara hasta el más ínfimo detalle. El verdadero motivo por el que habían enviado a su sonda gemela, la Perseverance, a Marte era para que la Curiosity se dedicara a explorar aquel disco lleno de inscripciones sin levantar sospechas a la prensa o a otros países.  

Por si alguien lo dudaba, todo se llevaba en el más absoluto secreto. La existencia de aquel disco podría desbaratar al mundo tal como lo conocíamos. Yo me había negado a que se ocultara. Estaba segura de que, si el mundo al fin tenía una prueba de que no éramos los únicos en el universo, podría unificarnos como raza y limar nuestras diferencias. Dirigiríamos al fin nuestras miradas hacia el firmamento en lugar de matarnos por los pedazos moribundos de este mundo con fecha de caducidad.  

Qué ilusa. En su lugar, los políticos de mi país se daban golpes en el pecho sobre el hallazgo y excusaban la falta de transparencia con el resto de países por el impacto emocional que podría suponer hacerlo público.  

¿Cómo sería la civilización que había dejado aquel disco? Habían desaparecido, así que algo mal hicieron. ¿Estaríamos cometiendo los mismos errores que ellos? 

Los primeros veinte días lo único que descubrí fue que el disco contaba la historia de los marcianos. Veinte días más tarde desvelé que desaparecieron a causa de la sobreexplotación de sus recursos naturales.  

Hoy ha pasado un mes desde entonces. Ahora sé que el disco un manifiesto destinado a sus vecinos, nosotros, para que no cometiéramos los mismos errores. Desafortunadamente, el disco no llegó a su destino. Pero ¿habríamos conseguido cambiar algo? ¿Habríamos hecho caso de sus advertencias? ¿O habríamos continuado como hasta ahora, con la creencia egocentrista de que a nosotros no podría pasarnos algo parecido? 

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